¡DEJEMOS DE ODIAR A NUESTROS ADOLESCENTES!

Hace tiempo que quería escribir sobre los adolescentes, sobre lo que pensamos de ellos y sobre todo, lo que decimos de ellos. Creo, sinceramente, que a veces nos olvidamos de que hace un tiempo nosotros estábamos en la mima edad; esa edad que te revuelve todo en tu interior y que cada día es un reto levantarte y enfrentarte al mundo. Sí, acuérdate de cuando tenías catorce, quince años…lo días eran eternos, llenos de altos y bajos; a las nueve de la mañana, si te dabas levantado, te mirabas al espejo y te decías “Hoy va a ser un gran día”, después de desayunar no te gustaba nada lo que volvías a mirar en el espejo. Por la tarde, estando con tus iguales, te sentías un poco mejor, más libre, con el poder de ser capaz de todo, pero al mismo tiempo con la derrota en las manos. Sí, era un sube y baja de emociones, de sentimientos contradictorios, de momentos que te sentías con el poder de todo pero con las ganas de nada. Sí, teníamos contextos educativos diferentes, no teníamos acceso a la tecnología y el conocimiento que nos llegaba era escaso, escaso en el sentido de que las fuentes no se actualizaban como en la actualidad, pero teníamos la ventaja de que podías pensar que lo que escuchábamos era cierto casi en su totalidad.

Bien, ahora pensemos en la actualidad, siguen teniendo la misma revolución interna, los mismos sentimientos, los mismos altibajos, pero ahora la desconexión total con la realidad, esa que podíamos hacer nosotros al llegar a casa y encerrarnos en la habitación, no existe. Al llegar a casa, siguen conectados con la realidad que le hace ser y estar activos más horas, que les exige ser mejores, más perfectos y sobre todo estar más alerta durante más tiempo. ¿Os imagináis no poder desconectar de la realidad cuando llegáis a casa? Poneros en su lugar, acordaros del placer de poder estar con uno mismo, sin necesidad de hablar más que contigo; o de poder estar con tus amigos, con tus amigos de verdad, sin estar pendiente de nada más, esa sensación de desconexión total, de hacer cosas sin que se enterara el mundo entero, era, en verdad, libertad. Además, hay que añadirle que hoy en día tienen acceso a cualquier información y que el  conocimiento les llega sin filtros; ellos mismos tienen que decidir lo que es cierto y descartar las mentiras o medias verdades que les rodean. ¿No creéis que es una tarea difícil? Quizás les haga ser mejores que nosotros, quizás ganen en autonomía o quizás se ahoguen entre la magnitud de la sabiduría.

Ahora mismo les exigimos mucho, se exigen entre ellos más y nosotros, los adultos, nos olvidamos que un día fuimos como ellos. Por eso, creo que no son peores que nosotros, son personas que están aprendiendo a ser y que debemos comprenderles, quizás ayudarles y no criticarles todo lo que hacen. Tenemos que escucharles más, tenemos que dejar que se equivoquen porque de la torpeza se aprende y debemos ser más adolescentes nosotros mismos, debemos buscar el hilo de unión entre ellos y nosotros para conseguir que ellos se sientan mejor, que sientan que nosotros estamos ahí para lo que necesiten. No es cuestión de hacerse amigos de ellos, cada uno tiene su posición, el padre, la tía, el abuelo…ya tienen su papel en su vida y no pueden dejar de ser abuelos o tías por pasar a ser amigos. Eso no puede suceder, pero ahí está la clave del asunto, tenemos que aprender a convertirnos en buenos observadores de las hazañas de nuestros adolescentes y ayudarles o aconsejarles cuando ellos quieran ser ayudados, de nada sirve que queramos ayudar si ellos no se dejan ayudar. Por eso, como nosotros somos los adultos y sabemos lo duro que es pasar esta etapa, tenemos que entenderles y no demonizarles.

Desde aquí me pongo en el lugar de todos los adolescentes que pasan por mi vida, me declaro defensora de ellos y les comprendo. Sabiendo que están en una edad complicada en un contexto social no menos difícil. ¡Reflexionemos y convirtámonos por un momento en ese adolescente que fuimos!

 

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